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Identidad - <<El curioso impertinente>>
MensajePublicado: Mie Mar 07, 2007 10:24 pm Responder citando
vicuma
Troll
Registrado: 01 Mar 2007
Mensajes: 22






Este es el texto que un amigo presentó a un concurso de literatura de sant Jordi, no me comentó si le dieron el premio, pero si no se lo han dado, debieran haberlo hecho.

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Cuando abrí la puerta y vi a mis padres sentados alrededor de la mesa, con sus sonrisas postizas, me di cuenta de que aquello no podía ser bueno. Me ofrecieron sentarme con ellos y eso empeoró aún más la situación.
-“¿Nos vamos a EEUU?”- dijo mi padre.
En mi cabeza asaltó la primera duda: ¿me lo estaba preguntando? Se lo señalé para aclararme, él me confirmó lo peor: sí, lo estaba.
-“¿Vos sos boludo? Siempre lo sospeché, pero tan “pedazo de un re-boludo” no te creía” - le grité sorprendido y confuso.
-“¿Por qué?”.
-“¿Cómo que: “¿Por qué?”? ¿Me lo preguntás a mí? ¿Depende de mi respuesta el destino de toda la familia?”- Sin desdén, pero con ironía.
-“No. Pero tenés dieciséis años. Nosotros no queremos obligarte, pero tampoco nos iríamos sin vos. Buscamos el quórum. Claro que ahora estás estudiando y solo no te podés mantener.”
-“Linda manera de llamarme parásito.”
-“Lo hacemos con gusto.” – Ahora era mi madre la que hablaba, ella siempre hace todo “con gusto”, especialmente enfriar las situaciones tensas como esta.
Guardé silencio. Jamás me había gustado vivir en mí país, ese país de retrógrados, a pesar de colaborar activamente con su folklore. EEUU no era mi destino favorito, pero yo quería posibilidades y cambio, y eso era lo que me ofrecía.
Nuestra situación no era de las peores. Había visto cosas horribles. El hambre se podía oler por las calles. Los periodistas informaban de generaciones venideras que serían menos inteligentes por la malnutrición. Un día, mientras íbamos a un concesionario a vender el coche, pude ver cómo en una zanja al lado de la carretera unos niños se bebían la tierra hervida con agua luego de calentarlo con una olla vieja llena de herrumbre.
Sí, un cambio era lo mejor. Se lo dije a mis padres. Ellos se alegraron y dijeron que el método sería que mi padre fuese un tiempo antes hasta conseguir trabajo y casa. Nosotros iríamos luego, cuando él lo dispusiese. Todo estaba preparado, nuestras vidas cambiarían drásticamente y no sabíamos ni cómo, ni cuándo. Fui a la segunda planta de mi casa, teníamos una habitación con el ordenador y una línea telefónica, donde había también una gran estantería empotrada en tres de las cuatro paredes. Cogí el inalámbrico y disqué el número de la casa de mi mejor amigo. Él fue quien me atendió al otro extremo. Ni siquiera le di tiempo para saludarme y decir una de esas frases esteriotipadas. Le conté directamente mi nueva situación. Se asombró y me dijo que se entristecía mucho, que esperaba no perder el contacto cuando yo marchara, y que era un pelotudo por haber dicho “Sí”. A esa edad yo no valoraba la amistad, y otras tantas cosas, como se debe; por eso pensaba que iba hacer fácil desarraigarme de las cosas que me unían a mi mundo: familia, amigos, el país y lo material –aunque tampoco hubiera mucho-.
Salí de mi casa y fui a contárselo a mi vecina, que casualmente también era mi novia. Golpeo la puerta. Siento que alguien se acerca. Me atiende ella con una sonrisa enorme, llena de luz, de calor. No sé que tan enamorado se puede estar con dieciséis años. El tiempo seguramente no me dará la razón. Pero creía que era la mujer de mi vida, estaba realmente loco por ella. Pelo castaño claro hasta los hombros. Ojos color miel. Cara ovalada. Se llamaba… se llama… jamás se lo perdonaré a mi memoria. Se me quedó mirando en el marco de la puerta. Yo temblaba y me movía al ritmo de lo que podría haber sido algún tipo de posesión espiritual. Titubeé un “¿Puedo pasar?” y recibí una carcajada, un beso y un “Sí”.
Estábamos cerca de la estufa a leña. Ella lloraba. Su actitud me impresionó, no sabía que podía llegar a importarle tanto -si es que las lágrimas significan eso-. Yo le explicaba los porqués. Ella asentía a cada palabra hasta que me di cuenta de que estábamos solos y le pregunté la razón. Dejó de sollozar. Me pudo explicar que no lo sabía y que sus padres ya tendrían que haber llegado. Silencio. Se cruzaron nuestras miradas y con toda la inocencia del mundo la besé en la mejilla. Ella me besó en los labios. Y fresas. “¿Pero… vos te querés ir?”. “Claro, es por necesidad”. Un suspiro y una mueca fueron la despedida.

Pasaban los días y veía cómo los muebles, todo lo que había en mi casa, estaba desapareciendo; teníamos que conseguir de alguna manera el dinero para el pasaje de mi padre. Los nuestros los pagaríamos con la venta de la casa.
Sin que nadie se diera cuenta llegó el día en que mi padre logró juntar el dinero para su viaje, las víctimas: el coche, dos televisores, un equipo de música y algún amigo menos. El destino: el ¿maravilloso? “Estado del sol naciente”, Florida. Como todo lo que hacemos los inmigrantes esto no había dependido de nuestra elección, sino de nuestras posibilidades; resultó que se ofrecieron a hospedarle unos amigos de unas personas que alguna vez cenaron con nosotros y que tenían casa en Nápoles, una localidad de nombre poco original al sur del Estado. Aquel día llovía, caía una lluvia fina, de muerte. El aeropuerto triste y más triste cuando todos parten. Familias separadas con el agua al cuello, pero no tanto como las que querían y no podían partir, atrapadas en sus vidas. Sí, llovía.
Antes de irse mi padre me dio unos números telefónicos de inmobiliarias para vender la casa y luego alquilar otra. Nos estrechamos la mano y nos abrazamos. Saludó con la cabeza a nuestra vecina -que me había acompañado-. Mi madre y mis hermanas pequeñas lloraban. Mi hermano mayor ayudaba a mi padre con las maletas. Eso fue todo. Al salir del aeropuerto di los números a mi madre y le pasé la mano por la mejilla secándole las lágrimas. “Ya pasó”-le dije. Ella asintió, tenía la mirada perdida.
Tres días después encontramos al comprador perfecto, nos daba el dinero para los pasajes y un poco más para previstos e imprevistos. Lo encontramos un mes y una semana después de haber decidido emigrar y de poner el cartel de “SE VENDE”. Nos mudamos a una casita pequeña de dos habitaciones. Mis hermanas dormían con mi madre y yo con mi hermano mayor. Estábamos a tres manzanas de la antigua casa. La mudanza fue rápida puesto que la mayoría de muebles y demás cosas habían sido vendidas.
A veces, cuando pienso en aquellos días, siento grandes vacíos en mi memoria, los recuerdos son efímeros, intermitentes, difusos; creo que aquella etapa no la viví, ni mucho menos fui conciente de ella. Mis actos eran presididos por algo o alguien que me empujaba a ello. No tenía presente, mi futuro lo desconocía, entonces como nunca antes, y me habían enseñado que no debía, no podía vivir del pasado. Yo no vivía. Me vivían.

Mi mejor amigo y mi novia (ex-vecina) estaban en casa. Mi padre hacía ya dos meses que se había ido. Eran las cuatro de la tarde y el sol empapaba la sala de estar, no se sentía calor. Nos íbamos cuando sonó el teléfono. Lo agarré: “¡Ya está! ya pueden venir”- una voz vieja, abatida, feliz: mi padre. “Ah… (En un hilo de voz) Esperá que llamo a mamá”… Cambio de planes: en tres días estaría en un avión rumbo a Florida. Al día siguiente mi novia me fue a buscar y fuimos a la capital. Caminamos hasta que ella se cansó, es decir, diez horas después de mi primera queja de agotamiento. Nos sentamos en un banco de una heladería. Dos “chocolate y limón”.
“No es que yo piense así, pero escuché decir a alguien que la gente que se va ahora, cuando todo está mal, es traidora, cagona, que no lucha por mejorar la patria”- lo dijo con la boca llena de helado. Me extrañó el comentario y dije: “Es fácil decir eso cuando “papi” y “mami” pueden darle a esa persona todo los caprichos. Pero cuando no pueden y cuando, en algunas familias, tienen que mandar a sus hijos a dormir pronto porque no hay cena, y las horas en la cama -cama en el mejor de los casos- sustituyen a las comidas… todo cambia. Escuché decir a un cantautor catalán que su madre creía que la patria es el lugar donde poder dar de comer a sus hijos. Pienso que es así ¿Creés que eso es traición?”
“No”-un beso en la mejilla y nos fuimos.
A la vuelta la acompañe hasta su casa. Abrió la puerta, no había nadie. Me dijo que pasara. Tenían un raro sistema de encendido de luces en esa casa: podías encender todas las del techo o sólo las lámparas de pie y mesa. La segunda opción. Inocencia…
Una casa acogedora, la luz suave, cálida. La llegada del alcohol. Sentados en el sofá principal, la escena que hacía semanas había sucedido cuando todo empezó, se repetía, pero ahora en otra condición, otro sentido. De fondo una melodía, grabada en mi mente, de algún cantante anglosajón del cual jamás supe el nombre. Cualquier mínimo roce entre los dos parecía eterno, porque en ese instante se paraba el tiempo. Todos los sentidos se volvían uno solo y todos se amplificaban y me inundaban con el contacto o con una simple potente mirada. Recuerdo que me encantaba su piel. La textura de su piel lisa, tersa, suave en la yema de mis dedos, en mis labios. Su aroma perfecto, permanente, perenne… Los nervios y el placer hacían único ese momento. Quería controlarlo todo y no podía. Todo me controlaba a mí. El universo entero nacía y moría en esa habitación. Pensé en hacer un movimiento, pero el cuerpo no me dejó (hubiese sido una pena romper ese momento). Deseaba que fuese eterno. Que nunca acabase. Que la magia no se rompiera. Otra vez: movimientos, miradas… todo contaba. El corazón se hacía más grande. Lo que había a mi alrededor desaparecía… “¿Segura?” “Sí, te necesito”…
Esa noche fue magnífica. La siguiente mis amigos me hicieron una despedida sorpresa en la misma casa. También fue inolvidable y también la última que viví en mi casa, en aquel país. Cuando llegué todos dormían. No había nada, como si unos ladrones se hubieran ensañado con nosotros: dormíamos entre mantas, que al día siguiente mi tía se llevaría, platos y cubiertos contados para cada uno y un pequeño primus con la válvula estropeada. Las gemelas habían dejado un oso de peluche en la sala, sonreí y lo agarré. De repente sentí una zozobra enorme, un vacío interior que acababa conmigo. Por primera vez empecé a llorar por esa situación. Entonces entendí que no me podía desarraigar de todo aquello que formaba parte inalienable de mi ser. Supe que no quería marchar.
Llovía. Caía esa lluvia fina que aprendí a aborrecer. Dentro de dieciocho horas estaría en la localidad norteamericana de Nápoles. Mi padre nos estaría esperando y nos llevaría a una casa que pudo alquilar. Una típica casa del sur de Estados Unidos. Asquerosamente típica.
Aquello fue angustioso: cincuenta personas me veían llorar mientras me despedía de ellos. Besos. Abrazos. Frases incomprensibles. Más lagrimas. Me ardían los ojos y ella me los besó. Me fui.

Tiempo, suspiros y sonrisas. Hoy vivo con aquella chica de sonrisa enorme, de pelo castaño -ahora más blanco- y cara ovalada. Aún no recuerdo su nombre. Mi mejor amigo vive muy cerca y sigue siendo aquel al que decepcionaban mis decisiones. Pero, sin saber cuantos años han pasado ya, me miro y miro a mi alrededor: no reconozco nada, no veo a aquel chico. No sé dónde está. Soy alguien distinto. Alguien a quien estimo y abomino. Hablo de mí, como si de mí no se tratase… ¿Quién soy?... ¿Quién eres?

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Espero que os haya gustado y que no se hunda en la miseria el hilo. No se lo merece.

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MensajePublicado: Jue Mar 08, 2007 12:41 am Responder citando
Nena_Babs
Huevo kinder.
Registrado: 17 Ene 2007
Mensajes: 787






Te lo voy a mover al foro de literatura, que es donde debe estar Wink
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